WALL*E

Hoy, película interesante. “Wall-e” (2008), de Andrew Stanton.

Es en días como hoy que me agrada escuchar a Belle And Sebastian. Son agridulces, de manera que te pueden levantar el ánimo o, como el esclavo al César, recordarte que eres mortal. Una de sus primeras canciones, con la que los descubrí una tarde de julio en Edimburgo es “Expectations”. No es su mejor canción. No es mi canción preferida. Me da igual. Hoy todavía no he me he puesto a los B&S. Todavía.

Wall-e es una película que afronté como a mi me gusta, borrándome toda traza de expectativa, con la mirada limpia e inocente. Demasiadas críticas demasiado buenas pueden arruinar un buena película y esta, sin duda, lo es.

Ignoremos esos 45 minutos que supuestamente son poema, belleza e historia del cine por derecho propio. Ignoremos las marcas de la casa y la supuesta pátina de moralina y los mensajes bonachones y bienintecionados. Ignoremos la naturaleza de un producto hecho para uso y disfrute de chicos y mayores y veamos qué nos queda después de todo eso.

Después de todo eso nos queda la lluvia y una película que duele de ver de lo bien hecha que está. Alejada de la intención replicadora de la realidad vista en “Polar Express” o “Final Fantasy”, es fácil olvidar que se está viendo una película de animación, perdidos entre partículas en suspensión, briososos movimientos de cuadro, objetos en segundo plano de un realismo hiriente o una habilidad sobrehumana por parte de la dirección de fotografía para mantener en cuadro lo que queremos ver y desenfocado aquello que es secundario a la acción principal.

Si olvidamos lo estrictamente cinematográfico y nos ceñimos a la historia, que es lo que hemos pagado por ver, tenemos algo visto una y mil veces, personajes diseñados al milímetro para ganarse la simpatía del espectador y lecturas anteriormente interpretadas, seguramente con mayor acierto (desde “ET” a “Robocop”, “I.A.”, “Cortocircuito”, “La Quimera Del Oro” o “La Búsqueda Del Fuego”, por poner sólo unos pocos ejemplos).

Lo que sí es cierto es que las referencias super- y subculturales se suman a guiños al espectador, bromas en segundo plano, carisma a raudales y un buen aunque predecible pulso narrativo, conformando una película entretenida, divertida y entrañable a partes iguales.

Y sí, tal vez calambur tenga razón cuando dice que todo el cine de animación, sea Pixar o no consiste en una serie de borrones que se mueven a toda velocidad y al final todo se resume en un “qué bien lo hemos pasado y cuánto hemos corrido, ya hemos salvado el día”, pero me da igual.

Todos necesitamos que nos cojan la mano de vez en cuando.

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En otro orden de cosas, poca inspiración, hoy. Será porque es jueves. Será porque he tenido un sueño en que volvía a casa y me la habían desvalijado. Será porque mi niñez sigue jugando en tus playas. El caso es que esta mañana me ha sido regalado un partido de semifinales de volley femenino entre Cuba y Estados Unidos. No es Brasil-Suecia, pero ha valido.

Me encanta, como al señor molón, la sensación de dejar pasar tiempo sabiendo que tengo cosas importantes que hacer. Emplear tiempo en uno mismo es algo vital. Perder el tiempo a secas debería ser delito.

No importa, siempre nos quedará mañana.

Número de familiares en el extranjero: 1.

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