Dos Por El Precio De Uno (Filosofía De Baratillo)

Soy baptista, como Juán.

Creo firmemente en el poder de la palabra, ese signo arbitrario que marca y define el interior de todo lo que en el mundo hay, su ser intrínseco, su naturaleza última. Sé que no es lo mismo ser un imbécil que ser un idiota, y no me refiero sólo a su etimología, de la misma manera que sé que una mano no sería una mano si la llamáramos oreja, que la silla tendría otra función con otro nombre, que la mesa es mesa desde que la llamamos así.

A mi, que tengo una fe ciega en la causa y el efecto y que desdeño la arbitrariedad, me maravilla ese poder, esa magia por simpatía dentro del símbolo, que lo mismo hace que zozobrar sea una palabra zozobrante, que la onomatopeya tenga una fuerza primigenia y que una calle que se llama Madrid sea de sentido único, como si la ciudad que la atrapa sólo permitiera que las cosas vinieran de esa dirección y no pudieran escapar.

La palabra, capaz de volver espadas en arados ya que, al fin y al cabo, el hombre puso nombre a todos los animales.

Esto es una puerta porque yo lo digo.

En otro orden de cosas, 131 kilómetros dan para mucho. Yo follo dos vueltas más y nos vamos.

Número de familiares en el extranjero: 1. Desayuno, merienda y cena.

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