Un Tranvía Llamado Deseo

Semana Temática: “Aquí Dentro Están Todos Locos” (y 5)

Hoy, “Un Tranvía Llamado Deseo”, por Elia Kazan (1951).

Que la felicidad y la perfección están en los pequeños detalles es algo que jamás me cansaré de decir. Que he visto tal o cual película aun sin haberla visto, también.

Yo creía que sabía de qué iba esta peli, tan acostumbrado como estoy a leer sobre los grandes clásicos, en lugar de verlos y ya está. Así, cuando decidimos darle una oportunidad en lugar de a “Inocentes Desde El Principio” o “Tormento Adolescente Con Twist”, creía que afrontaría el clásico tratado sobre el deseo, lo prohibido, lo imposible y la fuerza del ser humano contra el destino. Craso error.

“Un Tranvía Llamado Deseo” no es la entrada por la puerta grande en el mundo del cine de Marlon Brando como icono chulazo, ni una lección de interpretación de las que sientan cátedra por parte del padre de Superman, no. El guión escarba poco a poco en la aparente lucidez de una profesora de escuela recien llegada a la ciudad para terminar destapando las miserias de una pobre mujer a quien la circunstancias han superado, llevándose cualquier atisbo de cordura en el proceso.

Una Vivian Leigh que merecería que se inventaran los Oscar si no le hubieran dado ya otro se echa a la espalda toda la película y retrata ella solita ese descenso a los infiernos que es el amor perdido y la incomprensión por parte de tu entorno, por encima de la fábula de la culebrilla en la gran ciudad. Sin necesidad de sobreactuaciones, mimetizaciones o calcos de estudiadas patologías o excesos actorales; simplemente, interpretando. Lo que pasará, empero, al imaginario colectivo son los torneados y grasientos biceps de Marlon Brando, su vozarrón llamando a Estela y a los Mocedades cantando “Le Llamaban Loca” con letra de José Luis Perales.

Qué hijo de puta, el imaginario colectivo.

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En otro orden de cosas, dentro de mi crónica de la España de verdad, la que se escribe con doble “p”, pasado Luco de Bordón he estado a punto de llevarme por delante a dos Bambis que venían de estrenan la cornamenta, apenas unos huesecillos que asomaban por sus cabezas. A otra especie de animal pertenece el imbécil a quien ayer estuve a punto de pasar por encima cuando, paraguas en ristre, decidió incorporarse a la carretera, en bicicleta y sin mirar, mientras caía una tormenta de proporciones bíblicas.

He estado toda la mañana tarareando “We Wish You A Merry Christmas”. Extraña elección. Al llegar a casa de mis padres y cuando estábamos a punto de irnos he sorprendido a mi padre tarareándola también. No es necesaria una prueba genética para saber que no soy hijo del butanero.

En la foto, ese cartel estuvo colgado en mi habitación durante mucho tiempo. Ya de pequeño encontraba pertubador el hecho de que el gesto del mono se repitiera en el poster de su cuarto de baño, bien porque sabía que donde se caga no se come, bien porque sospechaba que había algo en el gesto de la mujer que era raro, aunque no terminara de entenderlo. Aunque a día de hoy ya pueda comprender los matices e implicaciones de ese gesto, no comprendo muy bien quién lo ha elegido para decorar los pasillos de un colegio de primaria.

Número de familiares en el extranjero: 1. The Resistance is here.

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