Noise (and no Fury)

Hoy, cine de mierda.

“Noise” (2007) por Henry Bean

Sigh… Por fin entiendo uno de los motivos que empujaron a Susan Sarandon a separarse del brasas de su marido (no me cuesta imaginarme a Tim Robbins leyendo el New Yorker con la ceja levantada en lugar de haciéndole otro hijo a Louise o llevándola a protestar contra alguna guerra). La mente criminal tras la cámara de “El Creyente”, “Venus Rising” o la imperdible “Instinto Básico: 2” nos castiga con una fábula que huele a Disney por los cuatro costados.

La trama: Un señor que no tenemos muy claro de qué trabaja, se pone muy nervioso cada vez que escucha ruido en la calle (alarmas, alcantarillas, la vida en Nueva York, en pocas palabras) y decide, en lugar de coger a su mujer e hija/mueble e irse al campo, establecer una cruzada contra todo lo que cruce los 27 decibelios. Así pues, se pone la capa del profesor Avenarius, decidido a romper cuantos coches hagan falta en su afán de demostrar que tiene más razón que el alcalde de Nueva York, un William Hurt que parece haber estudiado los modos y maneras de cualquier malo de folletín. Estado-malo, ciudadano-bueno, todo bien mascadito, no sea cosa que se nos pierdan espectadores por el camino.

La mujer de Tim Robbins acaba por dejarle, no se sabe muy bien si porque no está del todo de acuerdo con el nuevo hobby de su marido o porque es impotente. No es broma. El ruido hace que al bueno de Tim no se le levante, pero esto es otra cosa tampoco termina de quedar claro. Convertido en un héroe para el gran público, nuestro protagonista va rompiendo lunas a troche y moche, recupera la alegría en la flauta sin hueso y se encama con las mujeres de dos en dos, todo con el visto bueno, la comprensión y justificación de su todavía esposa (quien parece recuperar el interés por Tim cuando ve que la cosa funciona). Todo suena absurdo, pero no tanto como un William Baldwin en papel de perro faldero/florero o el título que algún avispado productor ha decidido ponerle en español: “Sobrepasando El Límite”. Ahora “noise” se traduce como “sobrepasando el límite”. Definitivamente, debo reciclarme.

Por supuesto, la cosa termina en juicio, con el absurdo de que un personaje es juez, fiscal y parte acusadora a la vez, y donde la opinión del público presente en la sala (niños incluídos) pesa más que los testimonios, como todo el mundo sabe que sucede en el sistema judicial estadounidense. Por supuesto también, Tim Robbins pierde el juicio (el espectador lo ha perdido 90 minutos ha) pero vence moralmente, no se ve obligado a compensar económicamente a ninguno de los más de 300 daminificados que tienen sus coches en los garajes (con lo que también Carglass sale ganando), todos ganan, todos están felices y aún tenemos tiempo de imaginar una ciudad de Nueva York que más que un oasis y remanso de paz parece el objetivo de la última horda zombie.

Cogemos un guión que no hay por dónde cogerlo y lo remenamos con una realización de coartada artie, banda sonora estilo new jazz que acentúa las acciones de los personajes hasta el absurdo, el plano a cámara lenta más torpe e innecesario que recuerde ahora mismo y un tufo a quiero y no puedo que no hay quien entienda.

Bueno, sí. La película está basada en una época muy, muy mala que pasó… ¿adivinan quién? Correcto, Henry Bean, el director y padre de la criatura. Tirón de orejas, Henry, y es que nadie puede rodar una película de tintes autobiográficos. Ni siquiera Woody Allen ya.

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En otro orden de cosas, me encanta mi casero, un hombre que lo mismo te deja una bolsa de melocotones en la puerta que te invita a compartir quesos y Bitter Kas mientras esperas a que te arreglen la calefacción. Y es que ya nada me sorprende de este hombre campechano y cercano como sólo la gente de pueblo sabe ser. Ni siquiera encontrarme una liebre recién cazada en las escaleras de mi casa.

Para correr, pop elegante, soleado y vitamínico. Corran, corran, corran, que me las quitan de las manos…

Número de familiares en el extranjero: 1. Eins, zwei…

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