Tron Legacy

La imagen no tiene nada que ver con el contenido, pero me apetecía ponerla



Hoy, cine de mierda.

“Tron Legacy” (2010) por Joseph Kosinski.

La nostalgia, esa sensación de la que… no, espera, este discurso ya lo he utilizado antes, así que no vamos a repetirnos y vamos directamente al t(ur)rón. Y nunca mejor dicho.

“Tron Legacy” es una película que marca un nuevo standard en cuanto al cine con CGA, eleva el listón por encima de las posibilidades de los hipotéticos hijos de Bubka e Isinbayeva y hace que merezca la pena la entrada que se ha pagado para ver semejante derroche de efectos especiales en un glorioso 3D. Claro, que ahí es donde mueren las buenas noticias porque yo, joven e impresionable, iba por primera vez a dejarme 10,20 euros en taquilla para disfrutar de las gafas-de-sol-que-no-sirven-para-el-sol. En “Sweeney Todd” me dejé algo más de 10,20, pero los nachos me duraron más.

El 3D impresiona, estaba diciendo, pero le cuesta 30 minutos casi entrar en escena, circunstancia que, pese a la advertencia previa, va generando cierta sensación de frustración y tomadura de pelo. Cuando el director se acuerda de que la peli es en 3D, comienza un despliegue de suelos pulidos que para sí lo quisiera la señora de la limpieza de la Estrella de la Muerte, aportando amplitud a un mundo creado a partir de la nada, un mundo que es casi tan de cartón piedra como los personajes y el guión. Madre mía. Qué pedazo de guión.

Cuando uno se da cuenta de que han tardado 28 años en declarar esa joya que fue “Tron” en estado de franquicia, se espera algo más. El guión comete todos los errores que se puedan cometer: la película tarda en arrancar, las escenas de acción son pasables porque la mente se encarga de rellenar los huecos que tanto colorín emborrona, intenta explicar y establecer normas del universo que nos plantea para violarlas una a una de manera sistemática, los diálogos son de traca, se complica la trama y la vida donde podría fluir y dejarlo estar y no cubre los huecos que se emperra en abrir, deja abiertas puertas a (God forbid) posibles situaciones futuras y todo desprende un tufillo a Deus ex Machina, a previsible, a conveniente. Todo ello increíblemente (por el lado incorrecto de “increíblemente”) interpretado por unos personajes que comen en plato aparte.

Los personajes dan risa y pena a partes iguales: Obi-Wan Yefbriches pide a gritos que lo devuelvan a los años 80 y las cintas de Enya; Sam Flynn pasa de torpe infórmatico a héroe de acción sin necesidad de cambiarse el Spandex; Thirteen pretende ser inocente y vital pero es infantil y cargante, amén de dejarse chulear y que le cambien el nombre a cada escena, de “Guarra” a “Corra” pasando por “Curra”; el Yefbriches digital da el pego en las primeras escenas, pero después se le ven los costurones, como si en lugar del tren al portal hubiera cogido el Polar Express; Daft Punk hacen de Daft Punk y el resto de los personajes naufragan entre el arquetipo, el quiero y no puedo y la previsibilidad más bostezante.

En definitiva, es una peli que recomendaría ver si lo que se quisiera es merendar FX, pero que hace que me quede a ver los títulos de crédito para llamar hijos de puta a todos y cada uno de los que han contribuído semejante delito contra el cine, el equivalente a viajar en el tiempo, encontrar al niño de 6 años que una vez fui, llevarlo al cine a ver la película original y descubrir una vez que han apagado las luces que alguien se ha cagado en las palomitas.

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En otro orden de cosas, los percebes no son para tanto. Todo el mundo estuvo de acuerdo con esa afirmación en la comida de Navidad, lo que me hace pensar que nos vendieron lo peor del lote. Lo mejor del lote fue la cena de Nochebuena, sin duda. ¿El menú?, el siguiente:

– Croquetas caseras de la Mercedes en toda su variedad.

– Empanadillas caseras marca Mercedes también.

– Calamares a la Romana cortesía de (one more time) mi madre.

– Unas navajas a la brasa a las que se les podía perdonar la tierra.

– Bígaros como para una boda.

– Langostinos a la plancha.

– Sepia con all i oli.

– Carabineros, A.K.A. gambones.

– Cigalas a pares.

– Cardo con bechamel de jamón.

– Caldo de Navidad para desengrasar.

– Una merluza al horno a la que le faltaba hablar.

– Besugo al horno parlante.

– Cochinillo asado.

– Tronco de Navidad.

– Arroz con leche hecho con la leche de las vacas que pastan en el cielo.

– Tarta de café.

– Natillas caseras con galleta María.

– Sorbete de limón al estilo Lage.

Algo sencillito, vaya.

Número de familiares en el extranjero: 1. Sweet Virginia.

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