Sinchronicity

Yo, como todo el mundo, me siento protagonista de mi propia vida. Condicionado por toneladas de referentes culturales, me creo que mi vida está dirigida por una serie de señales, orquestada desde arriba o desde abajo para conducirme a un punto que desconozco, guiada por la sincronicidad.

Sincronicidad es ir a pedir información sobre pisos de protección oficial y llevarte uno bajo el brazo.

Sincronicidad es que alguien a quien no conoces se confunda al enviar un mensaje y este acabe en tu móvil. En el mensaje te llama pitufo y te dice que a ver si os veis, que esta noche estará en Salamanca. Cuando lo recibes, estás de vacaciones en Salamanca.

Sincronicidad es ver una foto aleatoria, dejar un comentario casual a su pie y meses después andar cogiendo autobuses.

Sincronicidad es vigilar patios durante un curso entero, recibiendo visitas de alumnos de otros institutos, y que algunos de ellos te recuerden al curso siguiente cuando te toca ser su profesor.

Sincronicidad es acoger en tu casa a dos compañeras de trabajo hasta que encuentren alojamiento a principio de curso y, tras haber compartido techo y trabajo durante una semana, justo cuando están yéndose a su nuevo hogar, caer en la cuenta de que ya conocías de antes a ambas.

Sincronicidad es pasar junto a un cartel que indica el camino a una población y comenzar a tararear una canción que nada tiene que ver con el nombre de ese pueblo. La persona que está a tu lado ha comenzado a cantar exactamente la misma canción. Exactamente por el mismo motivo.

Sincronicidad es recibir la visita inesperada de un amigo y, justo cuando estás a punto de entrar a comer en un restaurante, comprobar cómo se detiene bruscamente junto a ti un Jeep. Desde el vehiculo alguien saluda a tu amigo, un compañero de la infancia a quien hacía 17 años que no veía. El habitante del Jeep es el hijo de tu casero.

Sincronicidad es entrar en una sala de la Tate y ver una instalación consistente en un ordenador conectado a internet que escupe a intervalos regulares fragmentos de texto aleatorio de cuatro líneas. Te quieres llevar un recuerdo así que, cuando recoges el ultimo papel que, indolente, ha caído junto a ti, apenas te sorprende leer lo siguiente: “//No quer?a terminar estas l?neas sin recordar tambi?n la figura de su hermano Enrique, represaliado por el brutalismo franquista y que tuvo que malvivir dando clases en Zaragoza a torpes alumnos que, como yo, s?lo aprendimos de la rama de ciencias la trigonometr?a, que ¿ nos explic?”.

Sincronicidad es explicarles a tus alumnos de 1º de la ESO qué es un cantar de gesta. Como apoyo, les proyectas el fragmento de “Amanece, Que No Es Poco” donde el profesor enseña a sus alumnos cómo funciona el corazón con ayuda de una melodía; de propina, les proyectas el fragmento de las ingles. Subes a la sala de profesores, canturreando aún que es una complicación que se te pare el corazón. Justo a esa misma hora otra profesora, en un aula distinta, en un piso distinto, les acaba de proyectar esos dos mismos fragmentos a otros alumnos para explicarles algo completamente distinto.

Sincronicidad es pensar en lo lenta que era la vida en Cantavieja. Tu móvil suena. Son tus antiguos compañeros. Un paquete que no has solicitado acaba de llegar ahí y necesitan una dirección a la que enviártelo.

Sé que las señales están ahí, espero no llegar al día en que pueda interpretarlas.

Número de familiares en el extranjero: 1. Londres no es lo mismo sin ti.

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