Ch-ch-ch-ch-ch-changes…

Vale, la imagen no está relacionada con el contenido, recréate en su belleza y sigue leyendo

Recuerdo perfectamente un día en que andaba con 19 años por la Plaza San Francisco, volviendo a casa de no recuerdo dónde (HA!). Era octubre, antes de Pilares, cerca de las 9 de la noche y en ese momento tomé un decisión: si no quería morirme del asco y la ignominia, tenía que cambiar.

Estaba en segundo de carrera y había empezado a hacerme mi pequeño hueco: mi grupito, mi gente con la que ir a clase, mi gente con la que salir por ahí, la peña del café bajo el capó-reloj de la cafetería, todo empezaba a dejar de ser nuevo para el postadolescente que había crecido muy tarde y muy deprisa, y me encontraba rodeado de gente que se creía superinteresante y con más mundo que nadie, con unas ganas locas de demostrar al mundo lo leídos que eran y las experiencias que habían tenido y las películas tan raras que veían. No los culpo, la gente de letras solemos ser así. En cualquier caso, no hacía falta ser muy listo para ver que yo era muy niño aún (lo sigo siendo) entre tanto idiota y que, si quería hacer algo mínimamente interesante con mi vida en los siguientes cinco años, debía cambiar. Así que decidí fijarme en todo, todo el tiempo, aprender todo lo que pudiera y después recordarlo.

Cuando le preguntas a cualquiera sobre su peor defecto, suele decir la inseguridad. Nos han jodido. Pues claro que somos inseguros. Todos nosotros. En especial tú, con esas pintas que me gastas mientras estás leyendo esto. Mucha de la gente a la que conozco se sorprende cuando les digo que mi peor defecto es la timidez. Yo. El tímido. El que coge un micrófono en cuanto ve un hueco. El chico ese simpático que cae tan bien en las cenas con tus amigas. El que hace que la gente se calle cuando habla en una reunión. El animal de escenario. El que baila y canta en tu bar. Sí. El mismo que se retrae como un bicho bola en cuanto le habla algo que tenga tetas. Pero hubo un día en que decidí que tenía que cambiar y así fue. Y desde entonces también me he tenido que abrir al mundo para poder hablar con la gente, porque si no me esperaba una vida entera de pasar de largo y mirar manteles, algo que aún practico de vez en cuando.

Me fascina cuando alguien habla de terceros y dicen “tiene carisma”, yo quiero ser esa persona; me da una envidia insana cada vez que alguien comenta de otro alguien “joder, qué manera de hablar, daban ganas de escucharle”; encuentro un espejo, o una meta, o un ideal cuando escucho decir “era muy gracioso, sí, siempre tiene algo ocurrente qué decir”, ahí quiero estar yo. Y debajo de esas capas de seguridad, de esa rapidez de ideas, de ese comentario oportuno, de todas esas tablas y recursos hay horas de meteduras de pata y frustración, de fantasmas bajo escaleras y de lamentaciones. Porque bajo lo maravillosos y guapos y estupendos y seguros que estamos y somos hay mucha mierda enterrada que nadie se creería y que nadie podrá cambiar.

Porque vale, sí, la gente no cambia. Claro. Que se lo digan a Sinead O’Connor. O a Bob Dylan. O a David Bowie. El truco está en relajarse.

Hasta aquí, la mierda masturbatoria, autocomplaciente y pseudopsicológica. Ahora, salgamos a pintar esto de rojo.

EDIT: por si no quedara claro, esto va por ti, Ciara, que aún alucinas cada vez que me ves interactuar con la gente y por ti, Carmen, que no me crees cuando te digo las cosas. A pesar de lo mucho, muchísimo que me escuchas.

Número de familiares en el extranjero: 1. TL;DR.

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