Cosas que decir para fingir que estuviste en FIB ’11 (y no te pierdan el respeto)

– Qué se ha llevado: que tus gafas digan “Ray-Ban”, aunque sean de propaganda de las Pringles; verde, que te quiero, verde, en todas sus tonalidades y matices; ponerse rojo hasta dar envidia al mismísmo Doctor Zoidberg; ellas, estar buenísimas, hasta las inglesas; ellos, ir de concierto recién salido del gimnasio: músculos en los bíceps, músculos en los abdominales, en el pecho, en los hombros, encima de otros músculos, ¡bien de músculos!.

Se lleva

– Qué NO se ha llevado: los speakers, desde mediados de los ’80, más o menos; hacerle la vida fácil a un público que ha pagado 170 euros por ir a tu festival regalándole los horarios pudiendo cobrarles cinco euros por saber a quién están viendo; las barbas (tres personas me felicitaron por la mía, las tres llevaban barba); las camisas de cuadros, a no ser que la uses para entrar al mar mientras te fumas un puro; poner bebida de calidad, ni Gram’s es un buen whisky, ni el Jerry Jorry ese es un buen ron ni Heineken es cerveza; quejarse del frío en las duchas o el polvo en el suelo: esto es el FIB, señores, no hemos venido a estar cómodos sino a estar guapos.

Ahora, la música, con la frase estrella de cada día:

JUEVES – “¿En tu tienda o en la mía?”

Aldo Linares (live): sin ambajes, menudo hijo de puta el Aldo Linares este. Alguien que se atreve a cantar “amor industrial / te quiero mucho / amor industrial / te quiero mucho” debería ser apedreado en la Plaza Mayor de Perú. Y sí, sé que Aviador Dro existieron, gracias.

Layabouts: dieron el mejor concierto del FIB que pudimos ver. Porque era el primero (lo de Linares tiene muchos nombres, “concierto” no es uno de ellos). Rock del de toda la vida para las masas y razonablemente bien hecho, nos hicieron pasar un buen rato y si no se limitan a repetir recursos para mover al público podrían hacerse un hueco. Eso sí, “Rock and Roll is Dead” es una caca simplona, lo siento mucho. Y que alguien me explique qué quiere decir “somos Layabouts y estamos orgullosos de ser españoles y cantar en inglés”.

Twin DJs: rock bailable de ultima hornada con guiños a los hits de toda la vida. Zipi y Zape saben hacernos bailar mucho. Y muy bien.

Russian Red: está viva, a pesar de lo que parezca

Russian Red: cuando una de las primera frases que te viene a la mente es “qué buena es la banda de apoyo” (el equivalente musical a “la fotografía era preciosa”) algo no termina de ir bien. Correctísima, cantando como los ángeles, repertorio resultón para todos los públicos, edades y anuncios que se te ocurran y con un aura de estrellato que tira para atrás, a mí me gustó pero no me acabó de convencer. Esta muchacha parece más preocupada por no dar la nota (cosa difícil, con esa combinación de top de bikini del H&M, falda negra con lacito y zapatos rojo con plataformaca) y ser lánguida que otra cosa, al que le enseñó la frase “da-rá” habría que matarlo y, como dice Calambur, dan ganas de echarle un polvo sólo por meterle un poco de vidilla y que se esté callada un rato.

Julieta Venegas, la invitada inesperada

Julieta Venegas: nos acercamos a ver a Julieta con escepticismo y por rellenar un hueco y la verdad es que mereció la pena. Tampoco es que nos cambiara la vida, no es la alegría de la huerta para ser la devorahombres que dicen que es, ni va a hacer que pague por ver un futuro concierto suyo, pero la sorprendentemente nutrida colonia sudamericana reaccionó agradecida al nombre del cartel que más cejas ha levantado y se la llevó en volandas hasta los bises, algo nada habitual a esaas horas y en un escenario menor. Un rato que se nos pasó en un plís, rancheras y “Sin Documentos” incluídos. Y la trompetista es más agradable aún en persona.

Paolo Nutini: Sorpresa, Sorpresa

Paolo Nutini: venga, va, lo admito, no tenía ni idea de quién era Paolo Nutini. Estaba tan equivocado que creía que era un machorro con melenas que tocaba el piano. Para que veas. Paolo Nutini es un escocés de nombre italiano con pintas de yerno perfecto que, reduciendo à la Adriá, croonea que da gusto verlo. Voz rasgada, versátil, acojonantemente atrevido y acertado, consigue convencerte de que has nacido en la década incorrecta, que la de antes sí que era la música buena, y lo hace ejecutando con una facilidad que da miedo verlo el rock sin apellidos. Y el soul. Y el jazz. Y el blues. Y…

Congotronics: 18 músicos en escena y no es la Sinfónica de San Francisco. Componentes de tantos grupos que da pereza enumerarlos en un proyecto chulo, emocionante y que supone a la vez una declaración de intenciones y un homenaje a la letra pequeña de la música universal. Es una auténtica putada que programen un proyecto panafricanista y arriesgado a la vez que dos grupos con espíritu de big band, tu público va a salir perdiendo y no te va a ver en un entorno más lógico y respetuoso con tu propuesta. ¿Alguien dijo Pirineos Sur?

Plan B: voz negra en cuerpo blanco, una banda solvente, una puesta en escena elegante y un repertorio fácilmente recordable y tarareable no son suficientes cuando lo que pones encima de la mesa acaban de hacerlo con más personalidad y mucho mejor no hace ni quince minutos. Flaco favor les hicieron los programadores dejándoles el marrón de elevar el listón de mister Nutini, haciendo que los apreciáramos pero decidiéramos dejarles a mitad de concierto, a pesar de la versión de “Runaway” de Kanye West.

Dorian: “A Cualquier Otra Parte”, buena canción. Sujetar un concierto de una hora sólo con una canción es difícil y Dorian no lo consiguen, porque alargar las canciones esperando a que el público reaccione, baile y no se entere no es una buena estrategia. A no ser, claro está, que tu público sea tonto. El público de Dorian, por lo visto, lo es. Y mucho.

Crystal Fighters: primer pinchazo del festival. Parece increíble que Dorian sonaran claros y cristalinos como si tocaran en casa y costara tanto entender qué estaban haciendo los Fighters hasta el punto de dudar en qué idioma se estaba cantando. Un punto negro y una auténtica lástima, los apuntamos en la lista de futuribles.

The Streets: porte, elegancia, personalidad propia, una vuelta de tuerca al hip-hop, canciones que van directamente al fondo del corazón y que son un fresco de la realidad más descarnada, todo eso es Mike Skinner. Si eres inglés. Si no lo eres, es tan coñazo en directo como en disco.

Chase & Status: pues continuando con la sinceridad a estos tampoco los conocíamos. Los cerca de 40000 ingleses (o esa es la impresión que daba) que se apelotonaron en el Fiberfib para verlos lo tenían más claro, por lo visto. Imposible acercarse a menos de 50 metros sin ser aplastado, empujado y sudado (y esto no es una exageración). No obstante, ración doble de jungle y breakbeat para las masas, textos supuestamente combativos pero un poco tontorrones y a bailar, que son cuatro días. Un buen descubrimiento.

Groupies: existen en todos los formatos, colores y sabores

Gasteiz Gang: qué monos. Daban ganas de llevárselos a casa. Tres personas escondidas detrás de una mesa, que se asomaban tímidamente para enseñar la portada del vinilo que estaba sonando o recoger una cámara y fotografiar al público. Viendo que una de ellas se hacía llamar Arizona Dylan Vitoria sólo cabía esperar que Gaizka Mendieta fuera un alias; pues no. En lo musical, viaje de ida y vuelta por los ’60 y los ’70 con paradas en el pop de alta cuna, música negroide y soul en vena. Por una noche, todos fuimos dandies con zapatos de baile, todas fuisteis pin ups.

Pendulum: rock electrónico. Drum & Bass. Actitud afilada. Mis cojones. Una panda de emos que sólo saben aburrir y mandar a la gente a la cama, si es que consigues evitar la lobotomía que suponían los visuales. De denuncia.

Guille Milkiway (DJ): hey, mister DJ. Sólo hay dos formas de hacer bailar a la gente: con tu música o con tu actitud, y este señor entiende de ambas. Con una cultura musical que da vértigo, un plan de ruta planeado al milímetro y un objetivo obstinado, el señor Casa Azul cogió la máquina del tiempo y nos transportó cuatro décadas atrás y dos horas y cuarto hacia adelante, que se pasaron en un “Jesús”. Los temazos caían como martillos del cielo y cada canción era una celebración que tenía sentido con lo que se acababa de escuchar, sólo le puedo poner un pequeño pero y es la técnica como DJ, la música debe estar sonando. Siempre. Pagaría por verlo otra vez.

Lesser Gods, tomad nota: esto es lo que opino de vosotros

Lesser Gods: esto es que van dos gilipollas y se dedican a hacer ruido a las seis de la mañana, atracando a Prodigy y no dejando que suene una puta canción entera porque, total, todo el mundo va drogado y no se entera, ¿no?. Pues no.

VIERNES – “Moza, ¿te apetezco?”

Atom Rhumba: eficacia probada

Atom Rhumba: chulería y rock guarro y tenso como la mandíbula del guitarra principal, eso es Atom Rhumba. Suenan compactísimos y saben llevarte y traerte, aunque no seas capaz de decir el título de una sola canción suya, como era mi caso. Los vimos después durante el concierto de Flowers, intercambiamos impresiones y nos hicimos fotos, pero las tiene el Capitán Queja. Les caí especialmente bien.

Haciendo el gilipollas. Nosotros, Ainara Legardón lo hizo de nota

Ainara Legardón: en esta foto hay una historia. Mi amigo el Doctor es muy hábil diviendo átomos y sacándole el polvo a los protones, pero se va de festival dejándose la entrada en casa e imprime horarios con las horas completamente cambiadas. Nosotros creíamos que estábamos viendo el concierto con menos asistencia (tres personas) de la historia del FIB, así que nos acercamos a la primera fila a aplaudir un poco a esos pobres diablos y que no decidieran disolverse ahí mismo. Se retiraron, nos tomamos una cerveza y cinco minutos después descubrimos que no era un concierto, sino la prueba de sonido de Ainara Legardón. Bochorno, sonrojo y ganas de meternos debajo de la piedra más grande que pudiéramos encontrar. El concierto estuvo bien.

Nudozurdo, cuando los androides sueñan con desamor y motosierras

Nudozurdo: qué ganas de verlos en directo. Qué bien hacerlo en primera fila. La frase que más repetimos fue “Robert Smith” y no por la camiseta que llevaba nuestro amigo Cumbres Nevadas, pero el día que amplíen más el repertorio y acorten los desarrollos pueden ocupar un lugar de preferencia en el rock patrio. Claro que habrá cientos de personas que les amarán precisamente por lo contrario, pero no hace falta virar hacia el pop para hacer de la perfección una costumbre. Lo único que rompió fue el colofón con una versión poco acertada de “El hijo de Dios”. Seguiremos dando oportunidades.

Brandon Flowers: estuvo correcto.

The Undertones: estos estuvieron más que correctos, y eso fue una pena. Fue una pena porque preferimos darle la oportunidad al nombre más gay del cartel (Brandon + Flowers + Flamingo en la misma frase te convierte en gay automáticamente) perdiéndonos, entre otras “Teenage Kicks”, pero lo poco que pudimos ver nos dejó contentos, contentos, contentos y es que el que sabe, sabe.

Elbow: vaya pedazo de concierto. Cancionacas, una puesta en escena sobria, un cantante con carisma y una ejecución de nota, una lástima que se les haya pasado un poco el arroz y que haya que ser muy fan o muy inglés para disfrutarlo como Dios manda. En cualquier caso, me juego dinero en efectivo a que mereció más la pena que ver al pesado de Herman Düne.

Aquí venía una foto de los Strokes, pero esta mola más que el pamplinas de Casablancas. Mucho más

The Strokes: ay, ay, ay. Media hora inicial como una apisonadora y un final como un coitus interruptus. La actitud de Julian en lugar de decir “rock and roll” dijo “soy mucho mejor que vosotros, mierdas”, el setlist bailó entre las aguas de la complacencia y de un disco objetivamente malo y dejaron que nos enfriáramos entre canción y canción. El peor de los cinco grandes nombres del cartel. Teníamos que habernos ido a ver a The Stranglers. Damn.

James Murphy: decepción. Esperaba rock y baile y obtuve electrónica y zapatilla. Otra vez será.

Friendly Fires: a estos me consta que los estuvimos viendo pero que me jodan si recuerdo nada del concierto, así que tampoco serían tan buenos.

SÁBADO – “¿Quieres que te deje impronta?”

McEnroe: desde la zona de acampada sonaban bastante bien. El químico con mejor físico que existe nos arrastrará a verlos. Seguro.

Nadadora, ha nacido un icono

Nadadora: el cóctel “chico y chica hacen pop sensible y un poco oscurito” me tiraba para atrás, las cosas como son. Sin hablar de erótica, Nadadora son un grupo bastante atractivo, suenan cantables y fue una auténtica pena no haberlos tenido más estudiados.

Tame Impala: joder, qué malos y qué aburridos son estos tíos. Quieren sonar a todo y consiguieron que jugáramos a “de qué tiene forma es esa nube”. Y consiguieron que ninguna nube tuviera forma.

Se ve que hay calidad

Astrud: Astrud son inteligentes, divertidos, diferentes y, sin duda alguna, el mejor grupo que hay en España. O de los tres mejores. O de los cinco, yo qué coño me sé. Enormes.

Lori Meyers lleva razón

Lori Meyers: salto de calidad. Mira que había intentado de forma consciente que me gustaran, sólo porque tocaba, y no había habido forma. Llenaron el Maravillas (antiguo Heineken, el escenario verde de toda la vida), les dieron una buena lección a los guiris que esperaban a que cayera el sol y nos hicieron bailar, tararear, sudar y pasarlo bien. Muy bien. Gran sonrisa.

Mumford & Sons: sentimientos encontrados para el grupo con nombre de ferretería. Suenan muy bien en disco y suenan muy bien en directo. El repertorio es bastante bueno y parece mentira lo que pueden hacer cuatro personas en un escenario. La voz del cantante tiene personalidad y saben apoyarse en el folk cuando debe y en el rock cuando toca, pero un festival veraniego no es el mejor sitio donde disfrutarlos, con la atención un poco pendiente de cosas que suceden en otros sitios y con mucha gente a tu alrededor. Demasiada. De todas formas, estaremos pendientes a ver si sigue sonando la flauta.

Beirut: ay, Dios mío (creo que la tercera o cuarta vez que uso la palabra “Dios”). Buenas canciones, una forma de tocarlas que conjuga pasión, técnica y emoción, un toque de riesgo y personalidad, una imagen que se queda grabada a fuego en el hemisferio derecho, todo eso y más es Beirut. Posiblemente, uno de los mejores conciertos que se vieron, pero estas cosas saben diferente bajo techo.

Arctic Monkeys: plat du jour, los de Turner me dejaron un poco frío. Sólo un poco. Un gran cancionero, una chupa de cuero con más actitud aún que la de Casablancas y ganas de hacernos parecer guapos en la pista de baile, pero les faltó enlazar mejor las canciones, meter sexta e ir a degüello. Y aprender español. De nota, no obstante.

Primal Scream: (el) éxtasis.

Amable DJ: más de lo mismo de lo de siempre de toda la vida para variar y repetido. O sea, muy bien.

DOMINGO – “En la tienda tengo güisqui, ¿te vienes o qué?”

Indienella: objetivamente, malos. Chico-que-toca-la-guitarra más chica-que-toca-la-batería cantando a partes iguales en español y en inglés. Meg White no es Keith Moon precisamente, pero por lo menos sabe cantar y tocar a la vez.

Antònia Font: sobrasada rock y un señor que pasaba por ahí

Antònia Font: un último disco muy chulo sin apenas relleno que tocaron casi completo enjuagado con un repaso a los grandes hits les empieza a preparar ya para abrirse al mainstream de una vez por todas. Sigo pensando que les falta creérselo, esta gente tiene ya mucha mili pero producen más ternura que otra cosa. Un poco de rock, señores.

Catpeople, Galicia calidade

Catpeople: una de las grandes quejas del público es que este es un festival de ingleses. El dueño es inglés, fin de la discusión. Pero tocan 12 grupos españoles sin contar DJs y muchos son muy buenos. Catpeople lo son. A otra cosa.

Veronica Falls, a estos cuatro los han encorrido a hostias más de una vez por los pasillos de la facultad de Bellas Artes

Veronica Falls: sólo nos dio tiempo a verles tocar un par de canciones pero no me terminaron de desagradar. Tampoco me terminaron de agradar. Admito sugerencias.

Noah & The Whale: don’t believe the hype. Suenan correctos y en disco están bien. El cantante tiene un timbre muy característicos y son de lo más tarareable, pero parecen los Jonas Brothers tocando en una boda, y en el grupo no te dejan entrar si no tienes pelo-polla o eres el tío por parte de madre que toca el teclado. Me parecieron ñoños y repetitivos.

Hidrogenesse, arte conceptual

Hidrogenesse: siempre divertidos, siempre frescos. Nos tuvimos que ir a la cuarta canción porque se solapaban con Portishead, pero siempre nos quedará Italia.

Portishead, el sufrimiento hecho arte

Portishead: el concierto. La gente se agolpaba para coger un buen sitio para lo que iba a venir después, así que no es de extrañar que, al tercer tema que cayó de “3”, comenzaran a emigrar. Un poco más adelante, el ruido de las conversaciones era insoportable, así que al quinto tema nos metimos en el cogollo y ahí empezó el concierto. Se les quedó corta la etiqueta “jungle”, hubo que inventar una cosa llamada “trip hop” para poder definirlos y todo termina asumiendo que esta gente hace música demasiado avanzada. Capas de texturas, colchones de teclados, guitarras, drones y todo lo que estuviera a mano para servir de soporte a Beth Gibbons. Cada vez que abre la boca muere un poco, se rompe y desnuda en el escenario, transmite y levanta un sonoro “Oh” cuando usa ese portento de voz como instrumento. Pelos de punta, emoción pura, tener 21 años otra vez y sentir que has esperado 13 a que llegue este momento. Te disparan en la sien y no te importa porque mueres feliz y completo. Se les puede echar en cara que sonaron un poco lentos de BPM en las canciones más antiguas, pero quién cojones tiene tiempo de ir contando BPM. Gracias, Beth.

Arcade Fire, listos para recibir la Segunda Comunión

Arcade Fire: dice Win Butler que es el último concierto de la gira y me lo creo. Me dice que es el hijo de altísimo que ha venido a rescatarnos y me lo creo también. Ocho personas en escenario, y el menos implicado de ellos le pega a la pandereta que parece que le vaya a sacar dinero. El más implicado trepa diez metros por un andamio y tira un bombo desde las alturas. El público se rinde y entrega las armas, ellos se entregan y reparten un setlist de cagarse en lo más sagrado que pilles a mano. Todo suena perfecto y sólo queda dar gracias.

Belle & Sebastian (DJ): el setlist era bueno, muy bueno, pero poner “Under Cover of Darkness” entre “Kiss” y “The Eye of the Tiger” es de querer hacerlo bien y no tener mucha idea. O de echarle mucho morro y dejar que el shuffle haga tu trabajo. Para pasar el rato.

Pigbag: la vida te da sorpresas. Cierra el Maravillas un grupo que combina el space jazz con ritmos afrocubanos y lo hacen de puta madre, pero sigo pensando que estas cosas caen mejor viendo el pantano de Lanuza de fondo. Perlas para los cerdos.

Aldo Linares (DJ): sin ambajes y con alevosía, menudo hijo de puta. Un DJ que no deja que las canciones lleguen al segundo estribillo, que pasa menos tiempo tras los platos que en el backstage (drogándose para soportarse a sí mismo o llorando de impotencia, supongo) y deja que el espectáculo lo den dos personas que se suben al escenario hace que cualquiera se sienta DJ. Insisto, la única canción que sonó completa fue “Popcorn“. Viva y bravo.

Eso es todo, amigos, ahora a tender la primera colada, dormir veinte horas seguidas, pedir cita al osteópata y ponerme al día con mis cinco raciones diarias de furta y verdura.

En 2012, más (y con menos ingleses, que estarán de un olímpico perdido).

Número de familiares en el extranjero: 1. Shinkansen con parada en Calatayud.

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