Happiness of the Katakuris

Adoro Japón.

25 de junio, 2011.
Jose-San me envía un mail comentándome la posibilidad de asistir a un weekend retreat en Tane. Ninguno sabemos exactamente dónde es ni en qué consiste, pero nos apuntamos como a cualquier otro bombardeo.

5 de agosto, 2011.
Nuestra familia de acogida nos recoge en la estación y nos lleva al Community Centre, donde nos dan una breve explicación sobre lo que haremos el fin de semana. Ya de vuelta en casa el padre nos comunica que nos va a llevar a un ōnsen, un baño público. La báscula de la puerta dice que he ganado un kilo y medio desde que llegué a Japón.

El ritual una vez dentro es de novela: te despelotas (y sí, señoras, el estereotipo es cierto: Europa 1, Asia 0), te sientas en un taburete de plástico y te lavas echándote cubos de agua caliente para purificarte. Después vas dando paseos de piscina en piscina con toda clase de aguas: termales y frías, ricas en azufre y ricas en hierro, con burbujas naturales y con burbujas artificiales, calientes y más calientes. En una piscina natural exterior, bajo un ciprés japonés y mirando el cielo mientras me dejo arrullar por un grillo del tamaño de un gato pequeño, empiezo a llegar a conclusiones. La báscula de la puerta dice que he perdido 850 gramos desde que he entrado al ōnsen.

Volvemos a casa para dar cuenta de la cena típica de la zona que mientras tanto ha preparado la madre. En el transcurso vuelvo a tener esa sensación mezcla de orgullo y admiración que siento por mi hermano mientras le veo departir con la familia y veo que celebran cada una de sus frases con una risa prolongada y sincera. Es una sensación cálida que ya he tenido en un Biergarten de Bayreuth, en un bar de NY y en cualquier sitio al que te quieras llevar al muy hijo de puta.

Borrachos de sake, decidimos seguir al pater familiae quien, en un momento de lucidez, ha pensado que es una gran idea salir a tirar unos cuantos fuegos artificiales. De camino al campo de béisbol pasamos junto a un edificio donde vemos a la abuela impartir clases de danza con abanico. Llevamos 40 minutos incendiando el cielo y rodeados de arrozales cuando pienso en la felicidad, no como un concepto abstracto, sino como algo que puedes tocar con los dientes y sentir en la nuca, algo cuyo sabor sigues notando horas después, algo que tiene rabo y cuernos, algo en lo que puedes clavar tu polla. Noto que me empieza a sobrevenir el llanto cuando junto a nosotros pasa un señor en bicicleta tocando un tambor tradicional japonés mientras fuma.

Numero de familiares en el extranjero: todos vosotros, tontos, todos vosotros.

2 comentarios en “Happiness of the Katakuris

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