Tokyo, 14 de agosto, 21,45

No entiendo muy bien cómo hemos llegado hasta aquí ni por qué hacemos lo que estamos haciendo; sólo sé que estoy disfrutándolo, y eso es todo lo que cuenta ahora. Para comprender lo que viene a continuación es necesario conocer dos términos: Ginza y Yakitori.

Ginza es un barrio de Japón que tradicionalmente se ha asociado con las compras caras, los edificios propiedad de las grandes marcas de ropa y el pijerío en general. Últimamente ha perdido parte de su status por la pujanza de otros barrios como centro de compras, pero se sigue notando que el dinero está ahí.

El Yakitori es una comida típica japonesa consistente en brochetas a la plancha con diferentes partes del pollo. Cuando digo diferentes digo distintas entre sí y distintas a lo que solemos comer aquí.

Hemos cambiado los planes a última hora (otra vez) y, después de un día con un calor horrible, hemos salido de un game centre con los sentidos completamente saturados. Tomarnos una lata de bebida energética de la marca Dragon Ball no ha contribuido a calmarnos, así que decidimos disfrutar de la tranquilidad de un barrio que se mete en restaurantes caros cuando se pone el sol.

Carica de cansancio, calor, bolsas en los ojos, un peinado horrible... pero una lata de Dragon Ball Power Squash en cada mano

Ginza sorprende porque, no demasiado escondida entre la sede mundial de Sony y el edificio de Vodafone más grande que te puedas imaginar, se encuentra una serie de callejuelas llenas de tascas (no bares ni pubs, no, tascas) con entradas de madera y farolillos. Estas calles te reciben con carteles luminosos gigantescos con forma de cerdo y camareros que aplauden para llamar tu atención, como si aquello fuera el Sur.

Sentados en uno de ellos, en mitad de la calle y con dos cajas vacías de cerveza y una tabla de aglomerado por toda mesa, intentamos descifrar la carta y decidimos que lo queremos todo; esto no es el 1, 2, 3 pero aquí hemos venido a jugar. “Todo” son brochetas de pechuga, piel, hígado, corazón, intestino, cartílago, lengua, útero, albóndiga y algo a lo que no han tenido cojones de nombrar y sencillamente marcan como “back parts”. Queremos pensar que estamos comiéndole la nuca al bicho mientras encargamos la segunda ronda de Nigori Sake y úteros de pollo, lo único que no nos ha convencido han sido los intestinos, que saben un poco a… bueno, a eso precisamente, a lo que va por el intestino.

Premio para quien logre identificar las diferentes partes del pollo

El Sake turbio servido directamente de una botella de Aquarius reciclada y sin ningún tipo de etiqueta entra como el agua y se queda en el cuerpo como un familiar pesado, el sonido de los vagones del metro pasando cada tres minutos sobre nuestras cabezas es música celestial, el humo del tabaco de la mesa de al lado supone el maridaje perfecto, el camión de la limpieza pasa a nuestro lado sin que nos estorbe ni moleste, no sabemos qué nos estamos llevando a la boca pero le hacemos fotos mentales a todo, la cassette es un formato que ha vuelto para quedarse.

Cuando volvemos a la calle principal y nos vuelven a acoger los rascacielos, no sabemos si el blanco impoluto del edificio de la Sony Corporation es una maldición o el mejor de los motivos para empadronarse en este bendito país.

Número de familiares en el extranjero: 2. De Jorge mejor no hablamos.

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