Superhéroes de barrio II. La venganza.

Ha sido una buena noche. No, ha sido una MUY BUENA noche, joder. Por primera vez en mucho tiempo he sido capaz de salir por ahí y divertirme, de beber y bailar a Barricada en bares de modernos, de dejarme mirar el culo por clones de Susan Sarandon sin tener conversaciones profundas ni perder el tiempo solucionando conflictos en lugar de estar dándolo todo en la pista. Hemos salido a divertirnos. Y lo hemos hecho.

Son las seis y media de la mañana y decido que, para no estropear una buena noche, es momento de cerrar el chiringuito en lugar de rebuscar en el cajón de los despojos algo que llevarme a casa. Pasa cerca de nosotros una chica en bicicleta y le he debido de mirar el culo con demasiada intensidad, porque se ha caído al intentar subir la acera. En un impulso de absurdidad me siento culpable, creo que la he tirado yo con la mirada. Nos acercamos corriendo porque, aunque ha sido una caída tonta, sigue tumbada boca abajo y no se mueve. Cuando estamos a su lado la oigo llorar. Bien. Por lo menos está viva. Me siento un poco menos culpable.

La ayudamos a levantarse y, a simple vista, sólo tiene un par de gotas de sangre en la muñeca pero no veo dónde está la herida. Un móvil suena en las profundidades de su mochila y me ofrezco a sacarlo y buscar un kleenex. Bromeo con que no vamos a salir corriendo con la cartera y sonríe ligeramente. Es rubia, se nota que se ha puesto mona para salir y tiene las pupilas tan dilatadas que apenas se puede ver que tiene los ojos verdes. Está nerviosa y confundida y el teléfono no ha parado de sonar en todo el rato. Le doy un abrazo para que se tranquilice y rompe a llorar otra vez. Le digo que conteste porque si no se van a preocupar y me dice que no, que es un mensaje. Mira el móvil, sin saber muy bien qué hacer con él, y llama. “Miguel, me he caído”, dice sin dejar de llorar, yo aprovecho para ver que se ha hecho una pequeña brecha en el mentón y tiene una herida encima del labio, pero no tiene que preocuparse porque en mi experta opinión no dejarán cicatriz. Seguirá siendo guapa.

Cuelga y, por lo visto, a Miguel no le ha hecho mucha gracia el accidente. Vamos a ir hacia su casa, está aquí al lado. Pero él no va a venir donde estamos nosotros. Bien, Miguel, muy bien. Durante la llamada hemos evaluado los daños y sobrevivirá, pero debería presionar las heridas con un kleenex para cortar la hemorragia, lleva una chaqueta de rejilla blanca y esas manchas son difíciles de sacar. Su mayor preocupación es que cree que se ha roto un diente por dentro. Miro y le digo que no, que no está roto, ella insiste, vuelvo a mirar y le digo que es el dolor del golpe, pero que está entero, ella dice que cree que se lo ha roto y yo pienso que es imposible romperse un diente “por dentro”, el Doctor le insiste en que el diente no está roto, ella sigue con su diente roto. Pues vale. Veo pasar a un 35.

La rodeo sobre los hombros con el brazo para que vea que todo va a salir bien y se aprieta contra mí, buscando soporte, el Doctor lleva la bicicleta y le dice que no le ha pasado nada, sólo se ha movido un poco la zapata trasera y ella rompe a llorar otra vez, no sabe arreglar bicicletas y es nueva, dice. El Doctor y yo nos miramos, los dos hemos arreglado cosas peores a nuestra bicis con siete años, pero no decimos nada. Le comento que ha sido una suerte darse el golpe con la bici y me mira raro, le digo que si se lo hubiera dado con un coche ahora estaríamos llamando a seguros y rellenando atestados a la policía y se ríe un poco. Pasa otro 35.

Ya hemos llegado, sólo han sido 20 metros pero Miguel no ha bajado aún. Me pregunto cuántos pisos tendrá el edificio para que no le haya dado tiempo todavía. El Doctor le dice que no ha sido nada, que caídas como estas las hay todos los días, ella se levanta la chaqueta y la camisa y nos enseña un ombligo bien bonito y otra herida que tiene justo a la altura del apéndice, la ve y se echa a llorar de nuevo; el Doctor le dice que eso se lo habrá hecho con el manillar, a ella parece satisfacerle la explicación y deja de llorar.

Por fin baja Miguel con lo que parece ser un candado de bicicleta. Viste pantalones cortos y camiseta, por eso no ha bajado antes. Claro que sí, campeón, es más importante que unos desconocidos no te vean en pijama que tener a tu novia sola con dos criminales en la puerta de tu casa. El mal rollo se respira en el ambiente, pero nosotros ya hemos entregado el paquete, le preguntamos una vez más si está bien, nos dice que sí, le recomiendo que se cambie el sonido de aviso de mensaje por uno más corto y el figura se hace cargo de la situación.

El Doctor en Química y Física y yo nos atusamos nuestras respectivas capas y abandonamos la escena del crimen, él a dormir a su casa y yo a esperar media hora larga a que vuelva a pasar otro puto 35. Ninguna buena acción se queda sin castigo.

Número de familiares en el extranjero: 2. Denver, Colorado.

2 comentarios en “Superhéroes de barrio II. La venganza.

  1. procuro llevar una vida interesante, gracias.
    tiene todos los derechos: a permanecer en silencio, a solicitar un abogado, aunque se le concederá uno de oficio si no puede permitírselo, a una llamada…

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