Barricade

Sonríes, apoyas ambas manos en la barra y un rizo se desprende de una cabellera perfectamente ordenada. Es una sonrisa que sufre de mal de altura, aunque podría derretir el corazón de cualquiera que no estuviera demasiado distraído por unos ojos perfectamente azules, una sonrisa que tiene el peso exacto de simpatía para ocultar la condescendencia que suele atesorar. Tu cadera se mueve de manera apenas perceptible al compás de un ritmo sordo, una cadencia oculta que revela urgencias aún por bautizar, y me desconecto de mi parte mamífera; tus ojos se clavan en un punto fijo de la noche, dos faros a punto de atropellar a un conejo que asoman por encima de un hombro que no va a ser mordido; tu garganta se reclina ligeramente hacia atrás para alumbrar una risa en la que hoy nadie va a clavar sus uñas; tus labios absorben todo el aire a tu alrededor y el tiempo se detiene; tus pechos son dos lágrimas en honor a una cintura que se sabe huérfana del contacto de mi brazo; tus manos son dos sortijas inútiles sin hogar al que volver; el fondo de tu mirada sabe que sólo hay tres posibles resultados tras un salto pero renunciamos a nuestra parte de lo bueno: tus muslos jamás sabrán qué sabor tienen las palmas de mis manos, tus sueños dormirán solos de nuevo esta noche.

Lo único físico que habrá nunca entre tú y yo es esta barrera que ambos sabemos visible.

Sigamos construyendo barricadas.

Número de familiares en el extranjero: 1. Postcards from the Duty Free corner.

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