Like. Love. Regret.

Miro el reloj y es un ahora menos en Canarias. Me doy palmadas en la frente (tonto, tonto, tonto) porque la pared está cansada de recibir y porque tampoco es que me haya hecho nada, la pobre. Y porque está estucada. Y eso duele.

Se acaba la semana grande de la autoestima y, como me cansaba de repetir en este juego, me tuvieron que hacer Honoris Causa para tener el título que me faltaba, ahora doy lecciones particulares a domicilio; la caja dice que está recomendado de 9 a 99 años, pero no sé quién puede ser tan cabrón de recomendar semejante cosa a nadie. Ni a mi peor enemigo. En serio. Yo sé cómo se hacen bien las cosas pero no me da la gana: demasiado orgulloso para llamar, demasiado malo para que me llames, cuando cojo el dado se acabó la función.

Un ahora más. Quito el celofán con la ilusión del niño que sabe fingir que no se puede ver a través. Anticipación. Calma tensa. ¿Le gustará? Cuchicheos. Sorpresa fingida. Risas (gracias, gracias, ¿cómo lo sabías?). Copas al cielo, globos al techo. ¿Aplaudes o matas mosquitos? Aquí no ha pasado nada, ¿has guardado el ticket? Te toca tirar.

¿Por qué me tendría que tocar precisamente a mí ser como yo?

Número de familiares en el extranjero: 2. Entrevista con el vampiro.

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