The Boyfriend Experience

A veces parezco idiota. Me dejo besar por cualquiera que me preste un mínimo de atención y ahora mismo sólo puedo pensar en lo que vendrá a continuación y en que los calcetines que llevo no casan del todo con mis zapatillas. De ahí paso a consideraciones infinitamente más prácticas, como por ejemplo que se me está clavando la barra en la espalda o que no sé si debería dejar mi bebida a un lado para meter mi mano debajo de su camiseta y disfrutar por fin del tacto de su piel.

Llevo toda la tarde prestando mas atención a esos labios carnosos y sensuales que a lo que salía de ellos pero ahora, en vez de disfrutar de esa mezcla perfecta de pasión, firmeza y dulzura con que me están besando y cuestionarme por qué me ha elegido precisamente a mí y qué he hecho para destacar entre el resto de la manada, otras preguntas más importantes vienen a mi cabeza: ¿estaré usando demasiada lengua? ¿Demasiada poca? ¿Se notará demasiado el medio paquete de tabaco que me acabo de meter entre pecho y espalda? ¿Tengo el pelo bien? ¿Debería parar a respirar?

Estoy terminando de valorar muy seriamente la posibilidad de ir al baño cuando separa su lengua de la mía, me clava esos ojazos azules con una intensidad que me intimida ligeramente y, antes de que empiece a formar palabra alguna, yo ya estoy diciendo que sí, con la esperanza de que sea una pregunta.

No sé si es el alcohol, el volumen inhumano de los altavoces sobre nuestras cabezas o la sangre huyendo en tropel a otras partes de mi anatomía, pero no entiendo muy bien qué acaba de suceder; en cualquier caso, bendita sea mi suerte ya que he debido de acertar: me sujeta firmemente de la mano y emprende la huida del antro, conmigo detrás esquivando la masa borracha que baila, ignorante de la sonrisa más amplia y ligeramente ebria que jamás hayan visto estas cuatro paredes.

Mi último pensamiento coherente de la noche es una oración de agradecimiento por haber hecho del sabio consejo que en su día me hizo mi madre: “hija mía, sobre todo lleva siempre bragas no demasiado viejas y, a ser posible, limpias”.

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En otro orden de cosas, foto de mis pies con la pedicura perfectamente hecha, de fondo el mar, una ola avanza para quedarse justo a dos centímetros del pulgar, asoma la pantalla de un portátil y, fuera de foco, se adivina una lata de algo que parece ser cerveza, nada de Instagram ni soplapolleces por el estilo.

Número de familiares en el extranjero: 3. Sabor a cerveza en la boca.

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