Fix Me

Cruzo la plaza del Emperador Carlos bajo un sol de justicia, preguntándome por qué demonios me he cogido la chaqueta (bueno, sé perfectamente por qué me he cogido la chaqueta: me queda de puta madre; tanto, que me he ganado dos repasos de arriba abajo que yo haya podido ver). Mientras busco con la mirada algún sitio dónde meterme paso junto a una pareja en torno a los cuarenta, vestidos demasiado casuales para salir del trabajo, demasiado informales para una cita; ella le echa en cara sonoramente que él se complica demasiado la vida, que es mucho más fácil quedar en tal otro sitio, que siempre lo embarulla todo, es imposible no oirla. Mi simpatía saca su cara más farisea cuando compruebo que la soltura con la que maneja su muleta acompañando cada uno de sus reproches proviene de un algo crónico que estoy demasiado cansado para aventurar. Yo lo tendría bastante claro, de todas formas.

Diez minutos más tarde estoy devorando mi menú combinado pensando en que esta es la semana de la guerra a cualquier cosa que tenga burbujas y que el sábado pasado por la noche todo era mucho más sabroso, qué puta puede llegar a ser la nostalgia. La pareja entra por la puerta y ella saluda al camarero con efusividad y por su nombre, presenta a su amigo como su amigo (“mi nueva adquisición”, puntualiza) y yo temo que el resto de los clientes del franquiciado pueda escuchar las ruedas en mi cabeza girando a toda velocidad.

Él se demuestra contenidamente simpático, como si tuviera miedo a una estridencia de más, sonríe mucho, mira la tele con distracción cuando ella habla con el camarero como si fuera un pariente y procura hacer los comentarios oportunos, sin histrionismo, con interés, sin ánimo visible de destacar; su camisa dice poca cosa, esos cuadros azules tanto podrían ser de Hilfiger, Primark o Pull & Bear y comprados por él o por su madre esta temporada o hace diez, pero sus gafas me dicen que una oportunidad siempre es bienvenida a pesar del cansacio que atesora. Ella se sabe la ama del local, un reino semivacío de paredes cuyo blanco sólo es roto por la grasa acumulada de años, su pelo dice que algo le debe de importar todo esto pero poco se puede hacer con él, viste gris, vive gris, es gris. Él ha elegido mal su plato, en una cita nunca debes coger nada que se coma con las manos y seguramente se esté culpando ahora mismo, pero ella está demasiado embebida en su propia conversación, hay tantos manuales escritos sobre esto que casi no es ni entretenido.

Lo peor que le puede pasar a quien tiene el control de cualquier situación es no estar acostumbrado a tenerlo, así que el mimo de él choca frontalmente con la estudiada frialdad de ella y la cabeza me empieza a virar hacia cómo ciertas mujeres se pueden volver insoportable e injustificadamente déspotas mientras trato de pensar en algo que no sea “no eres para tanto”. Tal vez él lo sepa también, pero si le das una piedra a un perro abandonado se acercará creyendo que le estás ofreciendo pan. No le culpo, a veces el mejor remedio para sanar las cicatrices es cualquier remedio y los peores crímenes contra uno mismo se suelen cometer en aras de tapar carencias pasadas. Todos hemos sido él.

Dejo la bandeja en su sitio y me preparo para salir mientras me acuerdo de la pareja de la Plaza de los Sitios, uno de mis tótem desde hace 16 años, llego a la conclusión de que la entropía es la fuerza más poderosa y que todo está escrito ya y pienso que a veces me doy un poco de miedo.

Número de familiares en el extranjero: 1. Ayer vi a tu compañera de piso. Pero no era ella.

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