Adelante Bonaparte – Standstill

Hoy, buena música. “Adelante, Bonaparte”, por Standstill.

Aborrezco la crítica musical profesional contemporánea. Tan solo son un grupo de gente que va tarde y gratis a los conciertos y se permiten hablar sin conocimiento de causa ni citar una sola de las canciones que suenan para rematar la faena diciendo que se fueron a casa pronto, que hacía frío. Más os valdría no salir de ella, que para algo os pagan, ineptos. Entre los muchos horrores que se han podido leer de Standstill, aprovechando los que son sus años de mayor reconocimiento y (considero) calidad artística, he llegado a leer que repiten canciones en directo, que son soporíferos o que no se entiende de qué cantan cuando cantan. Creo que era Billy Wilder, hablando de Lubitsch, quien decía que si a tu público le enseñas dos y dos y dejas que sean ellos quienes lleguen a la conclusión de que la respuesta es cuatro, te amarán para siempre. O algo parecido. Pero si estás más preocupado por lo bien que te lo estás pasando o si pudiste o no ligarte a esa guiri con cara de despiste es fácil que te se escapen las (muchas) cosas que se pueden disfrutar de un discazo como “Adelante, Bonaparate”.

Hoy hablamos de esto.

Hoy hablamos de esto.

Bien es cierto que un disco conceptual, a estas alturas del siglo XXI, es algo que despierta más recelos y pereza que curiosidad. En realidad, a nadie le importa si se trata de una obra autobiográfica o no, tanto da que lo sea si sus padres no se encargan de aportar pista alguna para resolver el misterio, pero no hace falta haber terminado siquiera la ESO para saber que precisamente de eso, de padres, va la cosa.

Arranca el disco con el sonido de una grabadora calentando, pasos que vienen de lejos, una llamada que te despierta a medianoche. No se puede hablar de la muerte de un padre con más desprecio, con más distancia, con más despreocupación, con más frialdad, con más cariño. Es una forma poderosa de empezar, hablando de la pérdida de puntillas, sin más ceremonia que la que provoca semejante fastidio al protagonista, dando paso a un proceso de distanciamiento, búsqueda y reencuentro en tres actos.

Esta primera parte habla de la desaparición de un referente vital que se intuye ausente desde hace tiempo, lo que provoca una reflexión de lo que este ha supuesto desde los primeros recuerdos que conservamos de él (“Hombre Araña”) a la infancia de ese Bonaparte metafórico (“La Familia Inventada”). Esa bofetada de realidad que siempre supone la muerte de un ser querido, por muy lejano o ajeno que creamos que nos sea, nos hace detenernos y preguntarnos quién somos nosotros. Fruto de esa búsqueda surge la única respuesta posible: la huída. Hacia adelante.

¡¡¡AAADEEELAAAAAAAAANTEEEEEEEE!!!

¡¡¡AAADEEELAAAAAAAAANTEEEEEEEE!!!

Esa declaración de intenciones que cierra el primer tercio o EP supone a la vez el comienzo del segundo, con un pequeño giro. Dar la espalda a las responsabilidades o la realidad puede dar una falsa sensación de seguridad y plenitud o ser divertido durante un rato, pero las secuelas (“El Resplandor”) rara vez lo son. Poco a poco, el tono se va volviendo más sombrío, los tonos se ralentizan, los acordes menores comienzan a predominar mientras el protagonista se sume en una espiral de escape (“La Hora Del Acuario”), descenso desesperado (“Moriréis Todos Los Jóvenes”) y necesidad de redención (“Sálveme Quien Pueda”). O de claridad.

Como en la tragedia clásica o las películas de Antena 3 de mediodía, el último tramo supone ascenso, hallazgo, epifanía. Y es el más dolorosamente obvio, además, tanto en lo musical como en lo conceptual. El encuentro de la felicidad en la pareja (“Cuando Ella Toca El Piano”), el reencuentro con la búsqueda de significado como motivo de la huída (“Ayer Soñé Contigo”, “Hay Que Parar”), el momento de reflexión y decisión (“Elefante”) y la iluminación, la paz final y la conclusión de que en el fondo, y no importa lo que hagamos ni lo mucho que nos empeñemos en negarlo, somos exactamente iguales que nuestros padres (“Canción Sin Fin”). Y no hay nada malo en ello. No es necesario sufrir buscando al padre ni llorando por lo que fue, supuso o no fue. A veces es tan sencillo como aceptarle, aceptarnos y esperar ser una versión aceptable de él, pues nosotros lo seremos a nuestra vez.

Así pues, se trata de un disco profundo en cuanto que en él conviven estructuras clásicas de apertura y cierre simétricos (o el paralelismo más que evidente entre “Hombre Araña” y “Moriréis Todos Los Jóvenes”, tanto en la
melodía como en la perspectiva del niño que mira al padre y el adulto que empieza a reconocerse como tal), la dualidad en la búsqueda de la figura paternal cuya redención sólo puede producirse tras la reconciliación con la figura materna/la pareja, o el tratamiento de temas como el determinismo y su aceptación, o el ya recurrente en el grupo de la culpa y la obsesión con los errores pasados.

"Hola, somos Standstill y estamos aquí para hacerte pensar en la paternidad  y que te pongas serio."

“Hola, somos Standstill y estamos aquí para hacerte pensar en la paternidad y que te pongas serio.”

Buenas noticias vienen también del frente musical. Después de la primera escucha hay ya algunas canciones y estribillos que se han aferrado al limbo cerebral en lugar de irse al otro, aportando forma al contenido y garantizando su supervivencia. No se trata sólo de las melodías que le dan forma circular (“Todos En Pie” y “Canción Sin Fin”) o del leit motiv que le acompañan en algunos de los momentos más fáciles y trotones (“Adelante Bonaparte I” y “Adelante Bonaparte II”), sino de canciones con entidad propia y que cobran sentido aun sacadas de contexto (“Moriréis Todos Los Jóvenes”, “La Familia Inventada”, los primeros versos de “El Resplandor” son historia ya del pop español). Eso, y que contar con el que a mi gusto es el mejor bajista que ha pisado un escenario en España le aporta todo un plus que no necesita una banda que ya de por sí se cree el mensaje que entrega.

Por supuesto, hay momentos que pueden parecer innecesarios y no entenderse si no es en el marco del disco (“Cosquillas No”, “B. Observa Los Fuegos”, “Cobarde Pecador”, “El Caminet”), y cuyo significado último sólo pueden entender los padres de las criaturas. En cualquier caso, acostumbrados como estamos a los expresionistas recursos compositivos de Standstill, capaces de montar una canción/montaña rusa de casi 7 minutos en torno a un encuentro casual y torpe con un conocido (“La Mirada De Los Mil Metros”, en Vivalaguerra), no es de extrañar la aparición de las mismas en un entorno tan propenso a la paja y la furrufalla como es el de los concept albums. Insisto, todo está medido y funciona: sólo hay que ver la respuesta del público en directo ante canciones aparentemente inaccesibles como “Hombre Araña”. Me dáis la razón y lo sabéis.

Tan buenos que hasta ellos se aplauden.

Tan buenos que hasta ellos se aplauden.

Y sí, lo suyo habría sido hablar de “Dentro De La Luz”; eso habría implicado cierta coherencia y coyunturalidad pero también es algo que, si has estado atento últimamente, falta por estos lares. En otro momento hablaremos de madres, claridad, lásers y campanas tubulares. Prometido.

Hasta luego. Buena suerte.

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En otro orden de cosas, menudo lío. A lo mejor me voy a Zaragoza. A lo mejor me voy a Irlanda. A lo mejor me voy a Huesca. A lo mejor lo celebro. A lo mejor soy yo quien te hago un regalo. A lo mejor te pinto un cuadro. A lo mejor me pintas tú la cara. A lo mejor lo mejor será quedarse en casa, por si acaso.

Número de familiares en el extranjero: 2. Conversaciones a medianoche.

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